William Tiguá
Índice:
Muriel / 5
Espiral
hacia abajo / 8
El gran
silencio / 9
Te
puedo creer / 10
Tu
sonrisa hasta siempre / 11
Y si un
día de estos nos decimos / 12
Con tu
equipaje / 13
Entre
el hielo y el humo / 14
De
rodillas frente a los quepoa / 15
Con el tiempo /
16
La cuenta / 17
Cura nocturna / 18
Aguacero
sobre el tejado / 19
A
las dos de la mañana / 20
Un poemario rojo
/ 21
La verdaera lejanía
/ 24
De aquella que hicimos el amor /
25
Para seguirte contando
/ 27
Tiribí
y parís lloviendo / 28
Palabras
más /
29
Me he encontrado con cosas terribles /
30
Asfixia / 32
También
el espejo / 33
Mi
sombra tuya / 34
Buscando
humanidad / 35
Lectura
de ayer / 37
Otras
confesiones / 38
Aun me
queda el rocío / 39
Musiquita /
40
Algún
día nos veremos / 41
MURIEL
Todos tuvimos historias de amor como la de Felipe y
Muriel. Historias de amor con solo dos personajes, uno de ellos mudo y la otra
imaginaria.
Muriel al otro lado del aula. Muriel a la salida de la
escuela. Muriel la vecina de catorce que parecía de diecisiete... Los años
pasan y Muriel está sentada en un asiento del autobús que te tocó y va leyendo
ese libro que te hizo llorar hace dos meses. La mirás, la mirás como un imbécil
y lo sabés. La verdad que hay pocas cosas en esté mundo que deseás tanto como
estar sentado en ese asiento que está junto al de ella, tan malévolamente
vacío. Pasan los minutos y ella se baja en la misma parada en la que vos,
caminan en la misma dirección y de repente, ella entra en ese edificio gris
igual a cualquier otro. Sabés que no la volverás a ver.
Muriel ha cambiado de cara muchas veces, pero nunca de
nombre. Cambió el corte y el color de su cabello, la forma, el largo y todo lo
que de él se pueda cambiar, lo tuvo rizoso, ensortijado, lacio y ondulado; lo
tuvo marrón, negro, rosa y verde. También cambió su forma cuando quiso, hasta
de estatura tan solo porque sí. Pero caminaba siempre igual, con esas
piernillas imposibles, sus faldas desentonadas y esos bolsos salidos de no sé
qué país lejano. Pero el nombre nunca lo cambió, siempre fue ese cortito Muriel
que nunca te atreviste a pronunciar en voz alta.
Un día de tantos olvidaste su nombre, se te fue como
también escapó el nombre de tu maestra de primer grado. Como el de aquella niña
que te mandaba papelitos y te agarraba la mano en la fila al comedor. Como
olvidaste el de la hermosa y grande niña de quinto que te defendía de los
abusivos de sexto y después te agarraba las mejillas y te decía que esperaría a
que cumplieras 15 y ahí sí te besaría como loca. Ya no recordás su nombre ni tantos
otros, tantas historias, tantas personas que no por eso han de ser menos
importantes que cualquier otra.
A lo largo de los años ella se perdía y le eras
infiel, la engañabas con otras a quienes jurabas amor eterno. Juraste devoción
tanto y tantas veces. Prometías tu corazón de aquí al lecho de muerte como
otros prometen llegar temprano a la cita del sábado. Por fin, sin darte cuenta, un día dejaste de
prometerlo, quizá, por el desgaste de juramentos previos, a lo mejor porque ya
no te quedaba mucho que ofrecer, fuiste dejando tu cuota de promesas cardiacas
a cada una de tus amores y apenas para respirar por la mañana y andar un rato
te quedaba. Pero te queda. Poco, pero te queda.
De pronto, o más bien, al cabo y como consecuencia de
los años, la olvidaste. Es difícil decir olvidar y ubicar la acción en un
momento determinado. Nadie puede decir: Yo olvido. Olvidando andamos. Él, ella
olvida. Es un verbo al cual el presente le queda pequeño, o grande. Un verbo en
que el futuro es siempre un deseo que quisiéramos que no se cumpliera. Un decir
que al mentarlo en pasado, lo matamos. Sin embargo, al paso de los años la
olvidaste. Sin pena. Sin gloria. La olvidaste.
Un día, por fin, te enterás que estás enredado. ¡Como
te gusta enredarte, muchacho! Te enredás con cualquiera que sonría con la
cabeza gacha y te hable dándole vueltas a las muñecas de las manos; y se quede
fumando con vos afuera y con el frío. Ella también se enreda y una mañana te
mece el hombro para despertarte. Con voz
callada le decís: “Muriel”… Y esa tonta sonríe porque sabe que querés decir:
“Amor mío que tuve desde niño. Sueño mío que he recuperado”.
Por la mañana, por la plaza, por la rozadura del
cielo. Tomados de las manos, de los nervios, de los ojos. Aprendiste que se
puede amar con tan solo trenzar los
dedos; esperarse en la estación, abrazarse a cada encuentro como si fuera el
primero. Hasta verlos abrazados era un espectáculo digno de mención.
Muriel durmiendo a tu lado y cantando. Muriel saliendo
de la casa y vuela. Cualquier cosa que
ella haga lo hace como nadie lo ha hecho jamás en la historia humana. Pero
Muriel sueña y sueña lejos. Una mañana te habla y su mirada está en otra parte.
Su voz de naranjo se quiebra. Un día la puerta se abre y no se vuelve a cerrar.
Te enamoraste también de su espalda alejándose.
LA ESPIRAL HACIA
ABAJO
Pelear en un tercer piso
en un segundo, en
planta baja
pelear en el
jardín.
Cerrar la puerta y
decir: “Adiós”
Vos te quedás
fumando
con un brazo
cruzado
entre el portón y
la puerta.
Yo me escapo un par
de cuadras
me siento en la
acera
me prendo también
un cigarro
para escampar un
rato
y seguir.
Subir la Calle
Vieja a pie
a esa hora de la
madrugada
ya pesa como un
buen sermón
Al llegar a casa
apenas quedan fuerzas
para frotarse los
pies con el paño
y dormir casi seco
casi bien.
Al día siguiente me
disculparías
te disculparía.
Para otro día queda
la tragedia
de la escalera de
caracol.
EL GRAN SILENCIO
Nos miramos callados
mientras endulzamos el
café.
No es un silencio
incomodo
ni una pausa agradable
ni obligatoria, ni de
descanso.
Es tan solo un silencio
silencio.
Así es el amor cuando
deja de serlo.
Nos quedamos en silencio
Un silencio que es más grande
Porque es dos silencios
juntos.
Rasgar esa densa barrera
de palabras sin decir
resulta imposible.
No existe la forma
correcta
de romper un muro de
nada.
TE PUEDO CREER
Te puedo creer
esta última mentira
lacrimal
Porque me ves a los ojos
Me los levantás del
suelo
Me tratás como a un niño.
Pero no me acercás el
pecho
para beber su aliento.
Ni musitás nanas
Ni pintás cruces en mi
frente.
Me tomás la barba
Me enderezás los hombros
Me juntás las manos para
que no tiemblen.
Y nos lanzamos a la
calle
Como pañuelos mojados.
Una última oración
Se mece desde lo
lejos.
TU SONRSA HAS TA SIEMPRE
Con todo y veintidós
despedidas
largas, nunca acabadas.
La morosidad de las
palabras.
Y esas llamadas a
deshora
como plegarias
penosas.
También las flores
tardías
Se hizo un novenario de
abrazos
que velaban su fin en la
calle
ausente del rededor.
Con todo y un final que
se negaba a morir
y mataba.
Aun así, siempre
hasta el fin
fuiste una abanderada de
la sonrisa.
Aunque te brillaran los
ojos
por un quejido apagado.
Por más que me
vieras
Aunque dijeras: “ojalá que te vaya
bien”
Y doliera dos veces
Y me vieras
Y los abrazos temblaran
Y en puntas de pie te
abrazara
Y me vieras
Estábamos de frente y
nos veíamos.
Con la cara mojada
sonreías.
Con las manos alargadas
Y retrocediendo
Me veías
Antes de darte vuelta
Y que por última vez me
vieras.
Y SI UN DÍA DE
ESTOS NOS DECIMOS
Que no te acaricien otras manos que no sean mis manos,
ni te abracen otros que no mis brazos, que jamás te toque un ombligo que no sea
otro que el mío, si es verdad que los ombligos se juntan, haciéndose uno,
cuando dos personas quieren estar una dentro de la otra.
CON TU EQUIPAJE
Si te vas a ir, andate
no me dejés ni tu sombra
ni tus ruidos atrapados
ni tu olor levantándose
de las gavetas y los
charcos
Largá ya silenciosa
como viniste
que aquél día no hubo
ángeles
ni asaltos
no hubo un temblor
partiendo al mundo
no había fracturas en
los labios
Llegaste callada
con brinquitos
– casi flotando -
ibas y venías
y te quedabas.
si te vas, llevate todo
no te quedés acá
estando sin estarlo.
ENTRE EL HIELO Y EL HUMO
Digo mujer, fuego, deseo
y me florece una
tormenta dentro del pecho.
Digo tu nombre (y un
largo silencio)
Es otra fuerza la que me
cruza la médula
que vuelve de hielo y
miel mis huesos.
También hay un humo de
incienso en los ojos
haciendo a mis ojos y
boca y manos humo.
DE RODILLAS FRENTE A LOS
QUEPOA
Aquella lluvia pendenciera
e inclemente
escapada correosa de
marzo
¿Recordás?
Aquella lluvia que no
debía llover
golpeaba desde lo alto
y su beso a la arena la
convertía en vapor.
El mar bailando,
saltando,
picado de besos de peces
y besos de gotas cayendo
- las hormigas huyendo a
la copa de los almendros -.
La costanera vacía y el
mundo corriendo
refugiándose en las
plateadas sombras.
El tiempo se detiene
cuando uno quiere
cuando realmente quiere.
Hay palabras que
congelan
y otras elevan como
perfume de incienso.
Decías:
“Afuera de tus brazos, nada”.
Y seguíamos mojándonos
los nervios,
Prometiéndonos el alma
Hasta el albor de
nuestros huesos.
CON EL TIEMPO
Un reloj un calendario
Nos humillan
Una imagen nos derrite
Una palabra
Arrojada sin más
Nos puede perder
a la deriva de todas las
palabras
Yo aquí
Viendo cómo recojo mis
huesos
Mientras vos soplás
versos
Como dientes de león.
LA CUENTA
Ignoro las razones de mi desvelo
perdí la cuenta en tus dos ojos
en tus dos manos
en tus dos labios
en tus dos pechos
que no saben ya llevar dos corazones.
CURA NOCTURNA
Si todavía te nombro
veinte veces una noche
cualquiera
y al final pregunto para
qué;
no es porque sea un necio
ni que tu nombre le sobre a
mi boca.
Es este: “Tengo frío y no
te tengo,
me falta el sueño y me
hacés falta”.
A pesar de otra noche parca
sumisa, inmóvil como otras
con pesar del desvarío
del hambre, del cansancio
llamarte es medicina que me
calma.
Aún me gusta dormir
tranquilo.
AGUACERO SOBRE EL TEJADO Y ALREDEDOR
Digo, por ejemplo
que el cielo tiene voluntad de llover
que se ha solidarizado conmigo
y sonrío viendo a los helechos que aguantan
penitentes
esta parida que cae del cielo.
El cristal de la ventana se llena de aliento
del sudor de su cuerpo sin poros.
Dibujo, solitario
formas que no son más que transparencias
y veo por horas, por días enteros
los millones de gotas que caen
a la bocaza abierta de mi patio.
Afuera cada vez son menos los que se dejan mojar
- Después de todo -
La lluvia ya es voluntad mía
y a nadie le importa los charcos ajenos.
Cuando llovía - antes - los charcos eran de todos
o al menos de nosotros
los pateábamos como locos, como niños
hasta que dejaban de importarnos
y no había ya ropa, ni calle, ni casa esperando
solo dos personas mojadas con lluvia alrededor.
Por ahora llueve y el cielo seguirá cayendo.
Hace al aire un universo
Un montón de diminutos reflejos.
A LAS DOS DE LA MAÑANA
A las dos de la mañana
Siempre
Los conceptos son
equivocados
Cualquier idea es otra
cosa
Cualquier sombra es otra
cosa
Cualquier lucecita que
parpadee
Por más pequeña que sea,
es otra cosa
El tiempo, a esa hora
Se ha terminado de
volver loco
Y solo podés cerrar los
ojos
Y esperar que la noche
muera
O morir cada segundo.
Da igual, nadie recuerda
bien
lo que pasa a las dos de
la mañana.
UN POEMARIO ROJO
I
También por necesidad
me fui adaptando a vos
me gustaba tenerte cerca
al alcance de la mano y el beso.
Siempre preferí mis opiniones
cuando sabía que eran tuyas.
Me encantaba cuando hacías de traductora.
Explicabas lo que nunca supe decir.
Dialogábamos tanto porque sí
hablarte y no hacerlo era un placer
entendías como nadie mi silencio.
Por lo demás,
pasear a tu paso de vela parca
tomar café por horas
sostener tu manita
y hasta esperarte
eran gustos rutinarios
necesarios.
Nos adaptamos, nos conjurábamos
cada día y cada noche
y cada mañana y cada tarde.
II
¡Bendito animal de costumbres!
¿Sabés que si viviéramos en Marte
aquel poemario se llamaría Rojo?
Es ese el poder de las costumbres
da un peso de confianza
nos hace confortables
así tus manos se hicieron guantes para mis manos
y acabé necesitando guantes
Es ese encaje que nos hace al mundo agradable
nos remite a un rincón – humano –
a las afueras de tanto exilio.
III
Al principio – de cuando todo acababa –
me era muy difícil responder
cuando preguntaban por vos
y tener que narrar una crónica
tristemente memorizada
- casi aprendida –
o dar de sopetón la noticia de un final
- que a nadie importaba –
Ya no es difícil – porque nadie pregunta –
ahora camino solo
por las mismas avenidas y barriadas.
por los mismos barriales y averíos
Me sé de memoria los pasos que darías
conozco el poyo y la sombra del árbol
en que abrirías tu libreta.
Comparto con tu recuerdo
canciones que nuca escuchamos
te ofrezco aún el abrigo y la silla
te saludo a diario y a diario me despido.
He aprendido, con el tiempo
a vivir una soledad domesticada
que se calla cuando quiero
que se duerme, que se apaga.
LA VERDADERA LEJANÍA
Los miles de kilómetros
los mares
las impasables fronteras
los husos horarios.
Son también buenas
excusas
A vos te llevaron a
otros cielos
en los que al pasado se
vuelve en vacaciones.
A mí me cargan la boca
de repetir desaforado
“distancia”
como si realmente
significara algo.
Aunque te vea
alegre, bailando
- en tus breves visitas
-
sé que estás lejos, que
lo estamos
que no hay urgencia que
nos haga
retroceder dos
pasos.
Lo hicimos a las afueras
de aquel campo sagrado y
hediondo
que es lo íntimo del
váter.
- me recuerda a los
cementerios-.
Contra el frío de los
azulejos,
quemando nuestras
espaldas,
hincándonos los huesos.
Recordaste o sentiste o
qué sé yo.
Lloraste y lloramos.
De algo debía ser yo
culpable.
Ese día me di cuenta de
que habías muerto.
Alguna parte de vos ya
no estaba.
se diluía por tus
mejillas e iba a dar al piso.
Las lágrimas ya no
huelen a mar
cuando se mezclan con el
sudor absurdo
de dos cuerpos
zigzagueando.
Amándose quizás.
Cuánta baba cuánto sexo
cuánta sombra mezclada.
Cuánto ruido apagado
afuera.
Tu silencioso llanto aún
ruge.
Hay cuestiones
impreguntables
– talvez incuestionables –
no hay con quien
hablarlas
Que a alguien le diga
yo:
“Estábamos desnudos,
hechos uno y ella lloró”.
Después de eso la
hoguera es poco.
Habrá quien ponga la
metafísica
y todas esa cosas en la
que no creo como ejemplo.
Y me dirá que es lo más
parecido al amor
y a todas esa cosas en
las que casi creo. - en que he creído -.
Pero rugen, aún
rugen,
desde un rincón de los
más oscuros sueños,
rugen lágrimas cayendo,
resbalando,
haciendo un foso en el
que caigo y me hundo.
Juro que un día te lo
preguntaré.
Ese día en que estemos
demasiado viejos y heridos,
que ya no nos queden
fuerzas para seguir peleando
y me dirás: “Juro que no lo recuerdo”.
PARA SEGUIRTE CONTANDO
Aquí estoy todavía
sentado frente a la ventana
esperando que aparezcás
y verte llegar así
con tu paso de siempre
breve, pausado.
Pero no es cierto.
Estoy como siempre
viendo hacia fuera
deseando que aquella sombra
que tanto se te parece
asome por la esquina de mi cuadra.
Al rato caigo en cuenta que no sos vos
y me cuento de nuevo aquel viejo cuento
de que me encuentro mejor solo
y hace mucho que no te espero.
TIRIBÍ Y PARÍS LLOVIENDO
Es muy difícil continuar
con los domingos de cine francés
ver al payasito en
monociclo y no dar de patadas al viento
no interrumpir las
escenas que nunca se acaban
no querer lanzarse a la
quebrada
de puro feliz, haciendo
de piedra-rana
No ver París,
imaginárselo lloviendo un
como un césar del
destierro
- Aunque no
-
El exilio sigue por acá
siendo el mismo
ajeno a tierras y a
extranjerismos
acá sigue siendo la
distancia con una casa que ya no es casa
kilómetros que yo no
hice
que nunca anduve.
Ya no es lo mismo - te decía –
ver en la pantalla la
partida y el encuentro
ver la estación de
piedras y de hierros
y salir a ver el cerro,
el río, y aquellos robles
que en marzo llamábamos
cerezos.
¿Cómo no patalear
gritando
Bravo pour le cloun,
sin romperse las manos y
los ojos como cascaras de huevo?
Es muy difícil, por eso
se tapan las retinas
de polvo nuevo, de polvo
y de las aguas de un
Tiribí añejo.
PALABRAS MÁS...
Años más tarde
sabemos que pecamos de
hecho
de omisión
y de palabra.
Sobre todo de palabra.
Quedamos atrapados a lo
que dijimos
a lo que nunca dijimos
y a lo que quisimos
decir.
A ese montón de
discursos que pensamos y no.
monólogos irrealizados
e improvisadas
conversaciones.
Cientos de malentendidos
palabras rotas
tonos equivocados.
Palabras más, palabras menos
que nos fueron
enredando.
Verdades, mentiras
¿Qué más da?
Frases que incomunicaban
que sembraban distancia.
Ojalá las palabras no
fueran a veces
Más que un puñado de
letras
Silbidos sin forma
Olas de aire, no
más.
ME HE ENCONTRADO CON COSAS TERRIBLES
Me he encontrado con cosas terribles
la hora de la cena – por ejemplo -
el momento de acostarse
de intentar dormir.
Al día siguiente, levantarse
– más tarde o más temprano –
y estar ahí, de pronto
frente al lavabo
rodeado de azulejos
Marcar tarjeta en el trabajo
el momento de saludar a todos
sonreír y escuchar el cuchicheo
comenzar el quehacer de siempre
después tomar café y pensar – un ratito, nada más
-
en el daño del café y del cigarrillo.
De vuelta al oficio, la pantalla
la infinidad de números aburridos y peligrosos
deambulando entre casillas, filas y columnas
¡el teclado es cada día más frío!
Llega la hora de almorzar y pensar de nuevo
más tarde a seguir
contar y revisar, rendir cuentas.
Hay también un momento de volver
a golpearse la sien contra el cristal del autobús
contar semáforos y estaciones
y cuidarse del contacto de quienes viajan junto a
uno
Y aquella hora
–decía alguno-
de llegar a casa
de descansar, soltar el calzado y el abrigo como
cruces.
Tiempo de no hacer
y de hacer como que se hace.
Ponerse a leer por costumbre, por desvelo,
deambular entre el cuarto
y la cocina y el baño
y la sala y el cuarto.
Mentirse, ver qué cenar
qué hacer, qué pensar
y luego empezar a buscar
en el clóset,
en la gaveta,
en la agenda, en el librero,
en el refrigerador
- algo que no se guarda frigoríficos ni escritorios
-.
Después solo queda revolver papeles, tejer palabras
hasta que se hacen nudos en los nudillos
y no queda nada y hasta la nada es algo trágico
y llega el momento
quizá peor aún todavía que todos los anteriores
en que ya se han gastado todos los métodos
para matar el tiempo y las ansias
y solo queda estar en cama
durante muchas horas.
ASFIXIA
De la disnea a la neumonía,
son solo cinco minutos más
de verte con tu moritz en la mano.
Cantando, bailando
hasta que también me ves
y agachamos la cabeza.
La música sigue su ruedo
mientras bailamos sobre espejos rotos.
TAMBIÉN EL ESPEJO
cambia seguido
de imagen.
Tiene sonrisa
corta
y le gusta
quedarse viendo, examinando.
Es muy
inconstante.
A veces cuesta
reconocerlo.
pálido, oscuro
solitario.
Pero está ahí -
y sonríe -
y pregunta y
responde
Creo que
también, poco a poco
Se está
poniendo viejo.
MI SOMBRA TUYA
Lo peor son esas noches en que me duermo en los
regazos de una sombra. Una sombra inmóvil, clavada a kilómetros del cuerpo que
fuera suyo.
Su fijeza no es lo que me aturde, ni su delgadez,
ni su temperatura; lo que realmente me abruma es su despiadado mutismo; aparte
de esa increíble capacidad que tiene de quedarse viendo directo a los ojos. Me
mira interrogándome. Le respondo entonces, la llamo por el nombre que le di, el
mismo que te robé hace años.
Le pregunto cómo se siente; si llegó a extrañarme
un segundo. Aunque no me responde, imagino que me extrañó, si no lo hizo, ¿para
qué me espera sentada en la gradita de la puerta?
Entramos a la casa y desaparece porque sí. Se
esconde en el librero y detrás del refrigerador; se sienta en el sillón y
cuando menos lo espero, ya está viendo por la ventana los carros pasar. Con el
tiempo uno se adapta; somos capaces de acostumbrarnos a cualquier forma,
incluso, a aquellas que se aparecen y se esfuman cuando les da la gana.
Pero cómo te decía, hay noches en que no se aparta,
y se la pasa tocándole a uno el hombro y no es imposible leer un libro o ver
una película en paz; entonces solo queda apagar todas las luces y todos los
ruidos; tenderse en la cama y esperar que de esa forma se quede tranquila. La
mayoría de las veces así lo hace, apenas y pone su ligera cabeza sobre mi
pecho, la abrazo y nos dormimos.
Lo verdaderamente devastador son esos días en que
no la veo por ninguna parte. Creo que me he encariñado, de un momento a otro,
sin darme cuenta, ya la ando buscando. Al ratito se me pasa, pero al
transcurrir las horas, sin previo aviso, ya estoy llorando encima suyo, o sea
sobre ella, lo que es lo mismo que decir que me recuesto en nadie, que no sé
por qué se te parece.
BUSCANDO HUMANIDAD
Todo el día
Con el aire comprimido
en un lugar ajeno
- sobre todo, ajeno -
Con la tortura de las
letras contadas
los espacios cuadrados
y esos números enormes
de los que hay que tener
cuidado.
Siguiendo órdenes añejas
grabando dígitos
absurdos
buscando señales.
Me canso de mi asiento
y de mis pies que se
levantan sumisos.
De la pantalla que a las
horas encandila
y atrapa almas como
moscas
Del horario para hablar,
comer, respirar
Las manos hacen
se mueven
aplastan el teclado
y empujan una piedra
sobre la colina.
- Con la urgencia del
método
suena el reloj y libera.
Por fin parezco un
hombre -.
Tengo de nuevo la
dignidad
de la palabra y el
camino.
Ando y me siento
cuando y donde quiero.
Le hablo – porque sí -
a una señora con cara de
no asustarse.
Le digo ¡Que buena
canción!
Me siento – un instante
-
a la orilla de algo – un
árbol, una calle, un deseo -
De lejos te leo
Y escribo.
Me canso
Porque a estas alturas
pesan los sueños y los
desvaríos.
Se me cansan las
preguntas
Como se han ido cansando
los motivos.
Entonces se esfuma mi
dignidad de hombre
porque esta humanidad
atrapa
en la historia, la
palabra, la emoción.
Y ya eso es mucho.
Entonces solo quiero ser
y solo soy
Un cuerpo tendido.
LECTURA DE AYER
De una manera u otra
e, incluso, de cualquier
forma
somos parte de nuestro
pasado
yo del tuyo, vos del mío
no somos solo sombras
ni álbumes con pegatina y
escarcha.
Nuestros nombres
no son los de los
compañeros de escuela
alegres u olvidados
no somos un finde en
veraneo
no somos una película vista
y acabada
De alguna forma
nos educamos mutuamente
nos comimos
nos traumamos
nos herimos
nos hicimos
y aunque no lo digamos
morimos el uno por el otro.
Matamos y nos dejamos
matar.
También le pusimos la
altura a la vara
somos la regla con que
medimos a los otros
pero eso es tan indecible
como inevitable
somos nuestro pasado
y el presente que no es
nuestro
y, probablemente
nos volvamos a ver
con nuevas arrugas y nuevas
heridas
y más besos encima
entonces, solamente
entonces
sabremos si el tiempo dice
o calla
o, si al final de todo,
al tiempo, como a todo el
mundo,
le da lo mismo cómo
estemos.
OTRAS CONFESIONES
Las cosas cambian
- y últimamente -
he empezado a tener una
relación
muy personal con mí mismo.
Ya me saludo cuando me veo
por la calle
y ya no me da vergüenza
que me vean hablando
conmigo
me sonrío de cuando en
cuando
es más, ya no quito la
mirada
cuando me veo directo a los
ojos
y, por lo general
casi siempre me pregunto
cómo ando
si estoy bien de salud
cómo me ha ido en el
trabajo
si pude dormir bien y hasta
qué soñé.
Todo eso es bueno
ya me estaba cansando
de preguntártelo a vos que
no me oís.
AÚN ME QUEDA EL ROCÍO
Por lo bajo
ciertas noches
aún huelen a la casa
pero no a aquella vieja
cubierta de botellas
plásticas
vestidas de hambre de
cenicero
Su olor ahora es el de los
nervios
que se estiraron e hicieron
nido
en las grietas y en los
sonidos atrapados
Huele
a aquel fulgor de cobija
por la mañana
a pliegues de libros, a
manos que hacen
a ropas de ayer
a cebolla, pimienta, romero
- cuando se puede -
y a tu cara recién mojada.
- que buen aroma a casa -
Al jabón diluido en el polvo
sedentario, callado,
dormido
y a una infinidad de
papeles diminutos
- escondidos, como duendes -
tras la cortina o bajo el
sillón.
MUSIQUITA
Por más que lo intente
mis palabras, Las
palabras de cualquiera,
jamás podrán tener el
tono de la madrugada
La apenas luz que se
cuela
la música de su suave
beso
los pájaros
desperezándose
de su sueño de larvas y
aviones.
La brisa, los grillos.
La tonada de los pasos
a ambos extremos del
cansancio
la añoranza del lecho
que está tan lejos
o ese silbido de alturas
que golpea en la cara.
Hasta el zumbido de los
fluorescentes
y el lejano ronquido de
los furgones
allá, perdido, en la larga carretera.
Es imposible darle al
lenguaje
ese sonido bailable
- aunque parezca -
dotar de música a decir:
“Estoy vivo y ando”.
Me resulta antinatural
una voz tan fuerte
que pueda mover las
hojas
mojar los ojos, erizar
los huesos.
(… Pero una palabra tuya
bastaría para sanarme).
Entonces imagino y vuelo
y caigo
y baila dentro de mí
todo lo que creía inerte.
ALGÚN DÍA NOS VEREMOS
Un día estaremos de cara
el uno al otro
frente a frente
alma a alma
sin mascaras ni sinos
entonces,
todo el pasado será
un aroma pasajero
orlas, no más, del
tiempo
los yoes, los túes
como todos
habrán muerto
y la memoria no será
más que un vago
recuerdo.