viernes, 4 de julio de 2014

A las dos de la mañana


William Tiguá

Índice:

Muriel   /  5
Espiral hacia abajo   /   8
El gran silencio    /     9
Te puedo creer    /      10
Tu sonrisa hasta siempre    /     11
Y si un día de estos nos decimos    /    12
Con tu equipaje     /     13
Entre el hielo y el humo     /    14
De rodillas frente a los quepoa    /    15

Con el tiempo     /     16

La cuenta    /    17

Cura nocturna    /    18

Aguacero sobre el tejado   /    19
A las dos de la mañana     /    20
Un poemario rojo    /     21
La verdaera lejanía    /    24
De aquella que hicimos el amor    /     25
Para seguirte contando     /    27
Tiribí y parís lloviendo     /    28
Palabras más    /    29

Me he encontrado con cosas terribles   /    30

Asfixia     /     32
También el espejo    /    33
Mi sombra tuya      /     34
Buscando humanidad     /    35
Lectura de ayer     /     37
Otras confesiones    /     38
Aun me queda el rocío    /     39
Musiquita     /    40
Algún día nos veremos     /     41




MURIEL

Todos tuvimos historias de amor como la de Felipe y Muriel. Historias de amor con solo dos personajes, uno de ellos mudo y la otra imaginaria.

Muriel al otro lado del aula. Muriel a la salida de la escuela. Muriel la vecina de catorce que parecía de diecisiete... Los años pasan y Muriel está sentada en un asiento del autobús que te tocó y va leyendo ese libro que te hizo llorar hace dos meses. La mirás, la mirás como un imbécil y lo sabés. La verdad que hay pocas cosas en esté mundo que deseás tanto como estar sentado en ese asiento que está junto al de ella, tan malévolamente vacío. Pasan los minutos y ella se baja en la misma parada en la que vos, caminan en la misma dirección y de repente, ella entra en ese edificio gris igual a cualquier otro. Sabés que no la volverás a ver.

Muriel ha cambiado de cara muchas veces, pero nunca de nombre. Cambió el corte y el color de su cabello, la forma, el largo y todo lo que de él se pueda cambiar, lo tuvo rizoso, ensortijado, lacio y ondulado; lo tuvo marrón, negro, rosa y verde. También cambió su forma cuando quiso, hasta de estatura tan solo porque sí. Pero caminaba siempre igual, con esas piernillas imposibles, sus faldas desentonadas y esos bolsos salidos de no sé qué país lejano. Pero el nombre nunca lo cambió, siempre fue ese cortito Muriel que nunca te atreviste a pronunciar en voz alta.

Un día de tantos olvidaste su nombre, se te fue como también escapó el nombre de tu maestra de primer grado. Como el de aquella niña que te mandaba papelitos y te agarraba la mano en la fila al comedor. Como olvidaste el de la hermosa y grande niña de quinto que te defendía de los abusivos de sexto y después te agarraba las mejillas y te decía que esperaría a que cumplieras 15 y ahí sí te besaría como loca. Ya no recordás su nombre ni tantos otros, tantas historias, tantas personas que no por eso han de ser menos importantes que cualquier otra.

A lo largo de los años ella se perdía y le eras infiel, la engañabas con otras a quienes jurabas amor eterno. Juraste devoción tanto y tantas veces. Prometías tu corazón de aquí al lecho de muerte como otros prometen llegar temprano a la cita del sábado.  Por fin, sin darte cuenta, un día dejaste de prometerlo, quizá, por el desgaste de juramentos previos, a lo mejor porque ya no te quedaba mucho que ofrecer, fuiste dejando tu cuota de promesas cardiacas a cada una de tus amores y apenas para respirar por la mañana y andar un rato te quedaba. Pero te queda. Poco, pero te queda.

De pronto, o más bien, al cabo y como consecuencia de los años, la olvidaste. Es difícil decir olvidar y ubicar la acción en un momento determinado. Nadie puede decir: Yo olvido. Olvidando andamos. Él, ella olvida. Es un verbo al cual el presente le queda pequeño, o grande. Un verbo en que el futuro es siempre un deseo que quisiéramos que no se cumpliera. Un decir que al mentarlo en pasado, lo matamos. Sin embargo, al paso de los años la olvidaste. Sin pena. Sin gloria. La olvidaste.

Un día, por fin, te enterás que estás enredado. ¡Como te gusta enredarte, muchacho! Te enredás con cualquiera que sonría con la cabeza gacha y te hable dándole vueltas a las muñecas de las manos; y se quede fumando con vos afuera y con el frío. Ella también se enreda y una mañana te mece el hombro para despertarte.  Con voz callada le decís: “Muriel”… Y esa tonta sonríe porque sabe que querés decir: “Amor mío que tuve desde niño. Sueño mío que he recuperado”. 

Por la mañana, por la plaza, por la rozadura del cielo. Tomados de las manos, de los nervios, de los ojos. Aprendiste que se puede amar  con tan solo trenzar los dedos; esperarse en la estación, abrazarse a cada encuentro como si fuera el primero. Hasta verlos abrazados era un espectáculo digno de mención.

Muriel durmiendo a tu lado y cantando. Muriel saliendo de la casa y  vuela. Cualquier cosa que ella haga lo hace como nadie lo ha hecho jamás en la historia humana. Pero Muriel sueña y sueña lejos. Una mañana te habla y su mirada está en otra parte. Su voz de naranjo se quiebra. Un día la puerta se abre y no se vuelve a cerrar. Te enamoraste también de su espalda alejándose.




LA ESPIRAL HACIA ABAJO


Pelear en un tercer piso
en un segundo, en planta baja
pelear en el jardín.
Cerrar la puerta y decir: “Adiós”

Vos te quedás fumando
con un brazo cruzado
entre el portón y la puerta.

Yo me escapo un par de cuadras
me siento en la acera
me prendo también un cigarro
para escampar un rato
y seguir.

Subir la Calle Vieja a pie
a esa hora de la madrugada
ya pesa como un buen sermón 

Al llegar a casa apenas quedan fuerzas
para frotarse los pies con el paño
y dormir casi seco
casi bien.

Al día siguiente me disculparías
te disculparía.
Para otro día queda la tragedia
de la escalera de caracol.










EL GRAN SILENCIO


Nos miramos callados
mientras endulzamos el café.
No es un silencio incomodo
ni una pausa agradable
ni obligatoria, ni de descanso. 
Es tan solo un silencio silencio.
Así es el amor cuando deja de serlo.

Nos quedamos en silencio
Un silencio que es más grande
Porque es dos silencios juntos.

Rasgar esa densa barrera
de palabras sin decir
resulta imposible.
No existe la forma correcta 
de romper un muro de nada.










TE PUEDO CREER


Te puedo creer
esta última mentira lacrimal
Porque me ves a los ojos
Me los levantás del suelo
Me tratás como a un niño.

Pero no me acercás el pecho
para beber su aliento.
Ni musitás nanas
Ni pintás cruces en mi frente.

Me tomás la barba
Me enderezás los hombros
Me juntás las manos para que no tiemblen.

Y nos lanzamos a la calle
Como pañuelos mojados.

Una última oración
Se mece desde lo lejos. 








 TU SONRSA HAS TA SIEMPRE


Con todo y veintidós despedidas
largas,  nunca acabadas.

La morosidad de las palabras.
Y esas llamadas a deshora
como plegarias penosas. 
También las flores tardías

Se hizo un novenario de abrazos
que velaban su fin en la calle
ausente del rededor.

Con todo y un final que se negaba a morir
y mataba.
Aun así, siempre
hasta el fin
fuiste una abanderada de la sonrisa.

Aunque te brillaran los ojos
por un quejido apagado. 

Por más que me vieras

Aunque dijeras: “ojalá que te vaya bien”
Y doliera dos veces

Y me vieras

Y los abrazos temblaran
Y en puntas de pie te abrazara

Y me vieras

Estábamos de frente y nos veíamos.
Con la cara mojada sonreías.

Con las manos alargadas
Y retrocediendo

Me veías

Antes de darte vuelta
Y que por última vez me vieras.








 Y SI UN DÍA DE ESTOS NOS DECIMOS


Que no te acaricien otras manos que no sean mis manos, ni te abracen otros que no mis brazos, que jamás te toque un ombligo que no sea otro que el mío, si es verdad que los ombligos se juntan, haciéndose uno, cuando dos personas quieren estar una dentro de la otra.






CON TU EQUIPAJE


Si te vas a ir, andate
no me dejés ni tu sombra
ni tus ruidos atrapados
ni tu olor levantándose
de las gavetas y los charcos

Largá ya silenciosa
como viniste
que aquél día no hubo ángeles
ni asaltos
no hubo un temblor partiendo al mundo
no había fracturas en los labios

Llegaste callada
con brinquitos
– casi flotando -
ibas y venías
y te quedabas. 
si te vas, llevate todo
no te quedés acá
estando sin estarlo.











ENTRE EL HIELO Y EL HUMO


Digo mujer, fuego, deseo
y me florece una tormenta dentro del pecho.

Digo tu nombre (y un largo silencio)

Es otra fuerza la que me cruza la médula
que vuelve de hielo y miel mis huesos.

También hay un humo de incienso en los ojos
haciendo a mis ojos y boca y manos humo.










DE RODILLAS FRENTE A LOS QUEPOA


Aquella lluvia pendenciera e inclemente
escapada correosa de marzo
¿Recordás?
Aquella lluvia que no debía llover
golpeaba desde lo alto
y su beso a la arena la convertía en vapor.

El mar bailando, saltando,
picado de besos de peces y besos de gotas cayendo 
- las hormigas huyendo a la copa de los almendros -.

La costanera vacía y el mundo corriendo
refugiándose en las plateadas sombras.

El tiempo se detiene cuando uno quiere
cuando realmente quiere.
Hay palabras que congelan
y otras elevan como perfume de incienso.

Decías:
“Afuera de tus brazos, nada”.

Y seguíamos mojándonos los nervios,
Prometiéndonos el alma
Hasta el albor de nuestros huesos.  







CON EL TIEMPO


Un reloj un calendario
Nos humillan
Una imagen nos derrite
Una palabra
Arrojada sin más
Nos puede perder
a la deriva de todas las palabras

Yo aquí
Viendo cómo recojo mis huesos
Mientras vos soplás versos
Como dientes de león. 






LA CUENTA


Ignoro las razones de mi desvelo
perdí la cuenta en tus dos ojos
en tus dos manos
en tus dos labios
en tus dos pechos
que no saben ya llevar dos corazones.


                     





CURA NOCTURNA


Si todavía te nombro
veinte veces una noche cualquiera
y al final pregunto para qué;
no es porque sea un necio
ni que tu nombre le sobre a mi boca.

Es este: “Tengo frío y no te tengo,
me falta el sueño y me hacés falta”.

A pesar de otra noche parca
sumisa, inmóvil como otras
con pesar del desvarío
del hambre, del cansancio
llamarte es medicina que me calma.
Aún me gusta dormir tranquilo. 










AGUACERO SOBRE EL TEJADO Y ALREDEDOR


Digo, por ejemplo
que el cielo tiene voluntad de llover
que se ha solidarizado conmigo
y sonrío viendo a los helechos que aguantan penitentes
esta parida que cae del cielo.

El cristal de la ventana se llena de aliento
del sudor de su cuerpo sin poros.
Dibujo, solitario
formas que no son más que transparencias
y veo por horas, por días enteros
los millones de gotas que caen
a la bocaza abierta de mi patio.

Afuera cada vez son menos los que se dejan mojar
- Después de todo -
La lluvia ya es voluntad mía
y a nadie le importa los charcos ajenos.

Cuando llovía - antes - los charcos eran de todos
o al menos de nosotros
los pateábamos como locos, como niños
hasta que dejaban de importarnos
y no había ya ropa, ni calle, ni casa esperando
solo dos personas mojadas con lluvia alrededor.

Por ahora llueve y el cielo seguirá cayendo.
Hace al aire un universo
Un montón de diminutos reflejos.









A LAS DOS DE LA MAÑANA


A las dos de la mañana
Siempre
Los conceptos son equivocados
Cualquier idea es otra cosa
Cualquier sombra es otra cosa
Cualquier lucecita que parpadee
Por más pequeña que sea, es otra cosa

El tiempo, a esa hora
Se ha terminado de volver loco
Y solo podés cerrar los ojos
Y esperar que la noche muera
O morir cada segundo.
Da igual, nadie recuerda bien
lo que pasa a las dos de la mañana.












UN POEMARIO ROJO


I

También por necesidad
me fui adaptando a vos
me gustaba tenerte cerca
al alcance de la mano y el beso.

Siempre preferí mis opiniones
cuando sabía que eran tuyas.
Me encantaba cuando hacías de traductora.
Explicabas lo que nunca supe decir.

Dialogábamos tanto porque sí
hablarte y no hacerlo era un placer
entendías como nadie mi silencio.

Por lo demás,
pasear a tu paso de vela parca
tomar café por horas
sostener tu manita
y hasta esperarte
eran gustos rutinarios
necesarios.

Nos adaptamos, nos conjurábamos
cada día y cada noche
y cada mañana y cada tarde.


II

¡Bendito animal de costumbres!
¿Sabés que si viviéramos en Marte
aquel poemario se llamaría Rojo?

Es ese el poder de las costumbres
da un peso de confianza
nos hace confortables
así tus manos se hicieron guantes para mis manos
y acabé necesitando guantes

Es ese encaje que nos hace al mundo agradable
nos remite a un rincón – humano –
a las afueras de tanto exilio.

III

Al principio – de cuando todo acababa –
me era muy difícil responder
cuando preguntaban por vos
y tener que narrar una crónica
tristemente memorizada 
                                    - casi aprendida –
o dar de sopetón la noticia de un final
                                    - que a nadie importaba –

Ya no es difícil – porque nadie pregunta –
ahora camino solo
por las mismas avenidas y barriadas.
por los mismos barriales y averíos

Me sé de memoria los pasos que darías 
conozco el poyo y la sombra del árbol
en que abrirías tu libreta.

Comparto con tu recuerdo
canciones que nuca escuchamos
te ofrezco aún el abrigo y la silla
te saludo a diario y a diario me despido.

He aprendido, con el tiempo
a vivir una soledad domesticada
que se calla cuando quiero
que se duerme, que se apaga.






LA VERDADERA LEJANÍA


Los miles de kilómetros
los mares
las impasables fronteras
los husos horarios.

Son también buenas excusas

A vos te llevaron a otros cielos
en los que al pasado se vuelve en vacaciones.

A mí me cargan la boca
de repetir desaforado “distancia”
como si realmente significara algo.

Aunque te vea
alegre, bailando
- en tus breves visitas -
sé que estás lejos, que lo estamos
que no hay urgencia que nos haga
retroceder dos pasos. 











 DE AQUELLA QUE HICIMOS EL AMOR  - CON NOMBRE GENÉRICO -


Lo hicimos a las afueras
de aquel campo sagrado y hediondo
que es lo íntimo del váter.
- me recuerda a los cementerios-.

Contra el frío de los azulejos,
quemando nuestras espaldas,
hincándonos los huesos.
Recordaste o sentiste o qué sé yo.
Lloraste y lloramos.
De algo debía ser yo culpable. 

Ese día me di cuenta de que habías muerto.
Alguna parte de vos ya no estaba.
se diluía por tus mejillas e iba a dar al piso.

Las lágrimas ya no huelen a mar
cuando se mezclan con el sudor absurdo
de dos cuerpos zigzagueando.
Amándose quizás.

Cuánta baba cuánto sexo cuánta sombra mezclada.
Cuánto ruido apagado afuera. 
Tu silencioso llanto aún ruge.

Hay cuestiones impreguntables
– talvez  incuestionables –
no hay con quien hablarlas
Que a alguien le diga yo:
“Estábamos desnudos, hechos uno y ella lloró”.

Después de eso la hoguera es poco.

Habrá quien ponga la metafísica
y todas esa cosas en la que no creo como ejemplo.
Y me dirá que es lo más parecido al amor
y a todas esa cosas en las que casi creo.  - en que he creído -.
Pero rugen, aún rugen, 
desde un rincón de los más oscuros sueños,  
rugen lágrimas cayendo,
resbalando,
haciendo un foso en el que caigo y me hundo.

Juro que un día te lo preguntaré.
Ese día en que estemos demasiado viejos y heridos,
que ya no nos queden fuerzas para seguir peleando
y  me dirás: “Juro que no lo recuerdo”.












 PARA SEGUIRTE CONTANDO


Aquí estoy todavía
sentado frente a la ventana
esperando que aparezcás
y verte llegar así
con tu paso de siempre
breve, pausado.

Pero no es cierto.

Estoy como siempre
viendo hacia fuera
deseando que aquella sombra
que tanto se te parece
asome por la esquina de mi cuadra.

Al rato caigo en cuenta que no sos vos
y me cuento de nuevo aquel viejo cuento
de que me encuentro mejor solo
y hace mucho que no te espero.











 TIRIBÍ Y PARÍS LLOVIENDO


Es muy difícil continuar con los domingos de cine francés
ver al payasito en monociclo y no dar de patadas al viento
no interrumpir las escenas que nunca se acaban
no querer lanzarse a la quebrada
de puro feliz, haciendo de piedra-rana

No ver París, imaginárselo lloviendo un
como un césar del destierro
              -   Aunque no    -
El exilio sigue por acá siendo el mismo
ajeno a tierras y a extranjerismos
acá sigue siendo la distancia con una casa que ya no es casa
kilómetros que yo no hice
que nunca anduve.

Ya no es lo mismo  - te decía –
ver en la pantalla la partida y el encuentro
ver la estación de piedras y de hierros
y salir a ver el cerro, el río, y aquellos robles
que en marzo llamábamos cerezos.

¿Cómo no patalear gritando
Bravo pour le cloun,
sin romperse las manos y los ojos como cascaras de huevo?
Es muy difícil, por eso se tapan las retinas
de polvo nuevo, de polvo
y de las aguas de un Tiribí añejo. 






PALABRAS MÁS...


Años más tarde
sabemos que pecamos de hecho
de omisión
y de palabra.

Sobre todo de palabra.

Quedamos atrapados a lo que dijimos
a lo que nunca dijimos
y a lo que quisimos decir.

A ese montón de discursos que pensamos y no.
monólogos irrealizados
e improvisadas conversaciones.

Cientos de malentendidos
palabras rotas 
tonos equivocados.

Palabras más, palabras menos
que nos fueron enredando.

Verdades, mentiras
¿Qué más da?
Frases que incomunicaban
que sembraban distancia.

Ojalá las palabras no fueran a veces
Más que un puñado de letras
Silbidos sin forma
Olas de aire, no más. 







ME HE ENCONTRADO CON COSAS TERRIBLES


Me he encontrado con cosas terribles
la hora de la cena – por ejemplo -
el momento de acostarse
de intentar dormir.

Al día siguiente, levantarse
– más tarde o más temprano –
y estar ahí, de pronto
frente al lavabo
rodeado de azulejos

Marcar tarjeta en el trabajo
el momento de saludar a todos
sonreír y escuchar el cuchicheo
comenzar el quehacer de siempre
después tomar café y pensar – un ratito, nada más - 
en el daño del café y del cigarrillo.

De vuelta al oficio, la pantalla
la infinidad de números aburridos y peligrosos
deambulando entre casillas, filas y columnas
¡el teclado es cada día más frío!

Llega la hora de almorzar y pensar de nuevo
más tarde a seguir
contar y revisar, rendir cuentas.

Hay también un momento de volver
a golpearse la sien contra el cristal del autobús
contar semáforos y estaciones
y cuidarse del contacto de quienes viajan junto a uno

Y aquella hora  –decía alguno-
de llegar a casa
de descansar, soltar el calzado y el abrigo como cruces.
Tiempo de no hacer  y de hacer como que se hace.
Ponerse a leer por costumbre, por desvelo,
deambular entre el cuarto
y la cocina y el baño
y la sala y el cuarto.
Mentirse, ver qué cenar
qué hacer, qué pensar
y luego empezar a buscar
en el clóset,  en la gaveta,
en la agenda, en el librero,
en el refrigerador
- algo que no se guarda frigoríficos ni escritorios -.
Después solo queda revolver papeles, tejer palabras
hasta que se hacen nudos en los nudillos
y no queda nada y hasta la nada es algo trágico
y llega el momento
quizá peor aún todavía que todos los anteriores
en que ya se han gastado todos los métodos
para matar el tiempo y las ansias
y solo queda estar en cama
durante muchas horas.









 ASFIXIA


De la disnea a la neumonía,
son solo cinco minutos más
de verte con tu moritz en la mano.
Cantando, bailando
hasta que también me ves
y agachamos la cabeza.

La música sigue su ruedo
mientras bailamos sobre espejos rotos.






TAMBIÉN EL ESPEJO


El espejo tiene también algo de malévolo,
cambia seguido de imagen.
Tiene sonrisa corta
y le gusta quedarse viendo, examinando.

Es muy inconstante.
A veces cuesta reconocerlo.
pálido, oscuro 
solitario. 

Pero está ahí - y sonríe -
y pregunta y responde

Creo que también, poco a poco
Se está poniendo viejo.










MI SOMBRA TUYA


Lo peor son esas noches en que me duermo en los regazos de una sombra. Una sombra inmóvil, clavada a kilómetros del cuerpo que fuera suyo.

Su fijeza no es lo que me aturde, ni su delgadez, ni su temperatura; lo que realmente me abruma es su despiadado mutismo; aparte de esa increíble capacidad que tiene de quedarse viendo directo a los ojos. Me mira interrogándome. Le respondo entonces, la llamo por el nombre que le di, el mismo que te robé hace años.

Le pregunto cómo se siente; si llegó a extrañarme un segundo. Aunque no me responde, imagino que me extrañó, si no lo hizo, ¿para qué me espera sentada en la gradita de la puerta?

Entramos a la casa y desaparece porque sí. Se esconde en el librero y detrás del refrigerador; se sienta en el sillón y cuando menos lo espero, ya está viendo por la ventana los carros pasar. Con el tiempo uno se adapta; somos capaces de acostumbrarnos a cualquier forma, incluso, a aquellas que se aparecen y se esfuman cuando les da la gana.

Pero cómo te decía, hay noches en que no se aparta, y se la pasa tocándole a uno el hombro y no es imposible leer un libro o ver una película en paz; entonces solo queda apagar todas las luces y todos los ruidos; tenderse en la cama y esperar que de esa forma se quede tranquila. La mayoría de las veces así lo hace, apenas y pone su ligera cabeza sobre mi pecho, la abrazo y nos dormimos.

Lo verdaderamente devastador son esos días en que no la veo por ninguna parte. Creo que me he encariñado, de un momento a otro, sin darme cuenta, ya la ando buscando. Al ratito se me pasa, pero al transcurrir las horas, sin previo aviso, ya estoy llorando encima suyo, o sea sobre ella, lo que es lo mismo que decir que me recuesto en nadie, que no sé por qué se te parece.  







BUSCANDO HUMANIDAD


Todo el día
Con el aire comprimido
en un lugar ajeno
- sobre todo, ajeno -
Con la tortura de las letras contadas
los espacios cuadrados
y esos números enormes
de los que hay que tener cuidado.

Siguiendo órdenes añejas
grabando dígitos absurdos
buscando señales. 

Me canso de mi asiento
y de mis pies que se levantan sumisos.

De la pantalla que a las horas encandila
y atrapa almas como moscas

Del horario para hablar, comer, respirar

Las manos hacen
se mueven
aplastan el teclado
y empujan una piedra sobre la colina.


- Con la urgencia del método
suena el reloj y libera.
Por fin parezco un hombre -.

Tengo de nuevo la dignidad
de la palabra y el camino.
Ando y me siento
cuando y donde quiero.
Le hablo – porque sí -
a una señora con cara de no asustarse.
Le digo ¡Que buena canción!

Me siento – un instante -
a la orilla de algo – un árbol, una calle, un deseo -

De lejos te leo
Y escribo.
Me canso
Porque a estas alturas
pesan los sueños y los desvaríos.
Se me cansan las preguntas
Como se han ido cansando los motivos.

Entonces se esfuma mi dignidad de hombre
porque esta humanidad atrapa
en la historia, la palabra, la emoción.

Y ya eso es mucho.
Entonces solo quiero ser y solo soy
Un cuerpo tendido.









LECTURA DE AYER


De una manera u otra
e, incluso, de cualquier forma
somos parte de nuestro pasado
yo del tuyo, vos del mío
no somos solo sombras
ni álbumes con pegatina y escarcha.
Nuestros nombres
no son los de los compañeros de escuela
alegres u olvidados
no somos un finde en veraneo
no somos una película vista y acabada

De alguna forma
nos educamos mutuamente
nos comimos
nos traumamos
nos herimos
nos hicimos
y aunque no lo digamos
morimos el uno por el otro.
Matamos y nos dejamos matar.

También le pusimos la altura a la vara
somos la regla con que medimos a los otros
pero eso es tan indecible como inevitable
somos nuestro pasado
y el presente que no es nuestro
y, probablemente
nos volvamos a ver
con nuevas arrugas y nuevas heridas
y más besos encima
entonces, solamente entonces
sabremos si el tiempo dice o calla
o, si al final de todo,
al tiempo, como a todo el mundo,
le da lo mismo cómo estemos. 








OTRAS CONFESIONES


Las cosas cambian
- y últimamente -
he empezado a tener una relación
muy personal con mí mismo.

Ya me saludo cuando me veo por la calle
y ya no me da vergüenza
que me vean hablando conmigo
me sonrío de cuando en cuando
es más, ya no quito la mirada
cuando me veo directo a los ojos
y, por lo general
casi siempre me pregunto cómo ando
si estoy bien de salud
cómo me ha ido en el trabajo
si pude dormir bien y hasta qué soñé.

Todo eso es bueno
ya me estaba cansando
de preguntártelo a vos que no me oís.














AÚN ME QUEDA EL ROCÍO


Por lo bajo
ciertas noches
aún huelen a la casa
pero no a aquella vieja
cubierta de botellas plásticas
vestidas de hambre de cenicero

Su olor ahora es el de los nervios
que se estiraron e hicieron nido
en las grietas y en los sonidos atrapados

Huele
a aquel fulgor de cobija por la mañana
a pliegues de libros, a manos que hacen
a ropas de ayer
a cebolla, pimienta, romero
                     -   cuando se puede    -
y a tu cara recién mojada.
                     -   que buen aroma a casa   -
Al  jabón diluido en el polvo
sedentario, callado, dormido
y a una infinidad de papeles diminutos
-   escondidos, como duendes   -
tras la cortina o bajo el sillón. 












MUSIQUITA


Por más que lo intente
mis palabras, Las palabras de cualquiera,
jamás podrán tener el tono de la madrugada

La apenas luz que se cuela
la música de su suave beso
los pájaros desperezándose
de su sueño de larvas y aviones.
La brisa, los grillos.

La tonada de los pasos
a ambos extremos del cansancio
la añoranza del lecho que está tan lejos
o ese silbido de alturas que golpea en la cara.

Hasta el zumbido de los fluorescentes
y el lejano ronquido de los furgones
allá, perdido,  en la larga carretera.

Es imposible darle al lenguaje
ese sonido bailable
- aunque parezca -
dotar de música a decir: “Estoy vivo y ando”.

Me resulta antinatural una voz tan fuerte
que pueda mover las hojas
mojar los ojos, erizar los huesos.   

(… Pero una palabra tuya bastaría para sanarme).
Entonces imagino y vuelo y caigo
y baila dentro de mí todo lo que creía inerte.










ALGÚN DÍA NOS VEREMOS


Un día estaremos de cara
el uno al otro
frente a frente
alma a alma
sin mascaras ni sinos
entonces,
todo el pasado será
un aroma pasajero
orlas, no más, del tiempo
los yoes, los túes
como todos
habrán muerto
y la memoria no será
más que un vago recuerdo.